Más allá del paradigma de la Smart City: hacia la ciudad como organismo urbano en devenir
Roger Wohllk · Arquitecto y Urbanista, Universidad de Chile · Magíster en Inteligencia Artificial (c), Universidad Adolfo Ibáñez
Artículo teórico · Versión para The Centre for Conscious Design
Derivado de URBION: Ontogénesis Urbana — Edición Fundacional v1.0 · Inscripción DDI / CRIN N.º 2026-A-6117
Licencia: CC BY-NC-ND 4.0 · DOI de la obra de referencia: 10.5281/zenodo.20719122
Este artículo propone una transición conceptual desde la ciudad entendida como sistema optimizable hacia la ciudad comprendida como organismo urbano ontogenético en devenir. Argumenta que el paradigma de la Smart City, pese a haber producido instrumentos valiosos de gestión urbana, ha instalado la eficiencia como medida implícita de la inteligencia de una ciudad, desplazando una pregunta fundamental: cómo puede una ciudad continuar transformándose sin dejar de sostener la vida colectiva. A partir del marco URBION se introducen tres nociones articuladas —Ontogénesis Urbana, Clausura Organizacional Heterogénea (COH) e Inteligencia Urbana Simbiótica (IUS)— y se sostiene que la admisibilidad ética no constituye una capa correctiva posterior, sino la condición constitutiva dentro de la cual la inteligencia urbana puede operar legítimamente. El artículo concluye reformulando el Diseño Consciente como diseño de relaciones, introduce la figura del Arquitecto de Condiciones de Posibilidad, redefine la resiliencia como transformación coherente bajo restricciones y explicita cinco criterios cualitativos para evaluar cuándo una ciudad puede considerarse consciente.
Palabras clave: Ontogénesis Urbana; ciudades conscientes; Clausura Organizacional Heterogénea; Inteligencia Urbana Simbiótica; ética constitutiva; resiliencia; diseño consciente; Arquitecto de Condiciones de Posibilidad; teoría urbana.
¿Qué ocurriría si la tarea central del diseño urbano no fuera optimizar la ciudad como una máquina, sino cultivar las condiciones mediante las cuales pueda transformarse sin perder coherencia, dignidad, pluralidad ni viabilidad ecológica?
Cada vez se espera que las ciudades sean capaces de percibir, calcular, predecir, adaptarse y responder. Durante las últimas tres décadas, el paradigma de la Smart City ha ampliado las capacidades tecnológicas de los entornos urbanos mediante sensores, plataformas de datos, gemelos digitales, inteligencia artificial y sistemas integrados de gestión (Townsend, 2013; Kitchin, 2014).
Estos desarrollos han generado instrumentos valiosos. Pueden ayudar a las ciudades a comprender patrones de movilidad, anticipar fallas de infraestructura, gestionar la energía, monitorear condiciones ambientales y coordinar servicios cada vez más complejos.
Sin embargo, el desafío más importante que enfrentan las ciudades contemporáneas ya no consiste simplemente en hacerlas más eficientes, conectadas o computacionalmente responsivas. La pregunta más profunda es cómo una ciudad puede continuar transformándose y, al mismo tiempo, seguir siendo capaz de sostener la vida colectiva.
Una ciudad puede volverse tecnológicamente avanzada mientras se fragmenta socialmente. Puede optimizar la circulación mientras debilita la vida pública. Puede aumentar su capacidad de respuesta mientras depende de la vigilancia y la extracción conductual (Zuboff, 2019). Puede mejorar su desempeño operativo mientras excede los límites ecológicos o excluye a determinadas comunidades de los beneficios de la transformación.
La eficiencia, por tanto, no puede constituir la medida última de la inteligencia urbana.
Este es el punto de partida de URBION, un marco teórico y nuevo paradigma urbano que propone una transición desde la ciudad entendida como un sistema optimizable hacia la ciudad comprendida como un organismo urbano ontogenético en devenir (Wohllk, 2026a, 2026b).
La máquina ha sido una de las metáforas más persistentes del urbanismo moderno (Le Corbusier, 1923). Sugiere que las ciudades pueden descomponerse en funciones, diseñarse mediante sistemas especializados y perfeccionarse a través de la coordinación técnica. Alexander (1965) advirtió tempranamente el costo de esa reducción: una ciudad viva no posee la estructura jerárquica de un árbol, sino la trama superpuesta de una semirretícula.
La ciudad-plataforma contemporánea actualiza la metáfora sin abandonarla. La ciudad ya no es solamente una máquina: se convierte en una red de usuarios, infraestructuras, servicios, interfaces y flujos de datos gestionados mediante mediación computacional (Bratton, 2015). Como ha señalado Mattern (2021), sin embargo, una ciudad no es un computador, y tratarla como tal empobrece las múltiples inteligencias urbanas que no adoptan forma de dato.
Ambos modelos poseen valor explicativo y operativo. Sin embargo, comparten una limitación: tienden a abordar la ciudad como un objeto cuyo comportamiento puede ser observado, representado y corregido desde el exterior.
URBION parte de otra premisa: la ciudad no es simplemente algo que cambia; es algo que deviene a través del cambio.
La identidad urbana no se preserva porque los edificios, las poblaciones, las instituciones, las tecnologías o las prácticas culturales permanezcan inalterados. Las ciudades reemplazan y reorganizan continuamente sus componentes. Su identidad persiste porque determinadas relaciones, significados, capacidades y formas de continuidad colectiva se regeneran a través de esas transformaciones.
URBION denomina a este proceso Ontogénesis Urbana: la producción y reproducción continua de la identidad urbana mediante la coevolución de la forma espacial, la vida colectiva, la infraestructura, la tecnología, la ecología, las instituciones, la cultura y las condiciones materiales.
Esto no significa que toda transformación sea ontogenética. El crecimiento, la digitalización, la densificación, la automatización o la novedad tecnológica no generan necesariamente una ciudad más viable. Una transformación adquiere significado ontogenético cuando contribuye a la capacidad de la ciudad de permanecer coherente, plural, adaptable, legítima y ecológicamente situada mientras se convierte en algo diferente.
Describir la ciudad como un organismo exige cautela conceptual. URBION no sostiene que la ciudad sea un organismo biológico. Tampoco atribuye conciencia, subjetividad, intención ni una mente unificada al entorno urbano.
El organismo no es aquí una metáfora biologizante: es una proposición organizacional.
Una ciudad adquiere carácter organísmico cuando múltiples dominios, irreductiblemente diferentes, participan en la preservación de la continuidad de un proceso urbano compartido. La experiencia humana, el espacio público, las infraestructuras, los ecosistemas, las instituciones, los sistemas artificiales, las memorias culturales, las estructuras jurídicas, los flujos energéticos, las condiciones materiales y los conflictos políticos operan según lógicas diferentes. Ninguno de ellos constituye por sí solo la ciudad. La identidad urbana emerge de sus relaciones.
URBION describe esta condición como Clausura Organizacional Heterogénea (COH). La noción reelabora, en clave urbana y organizacional, la clausura operacional descrita por Maturana y Varela (1980) para los sistemas vivos, sin trasladar sus supuestos biológicos al dominio de la ciudad.
La clausura no significa aislamiento. Las ciudades son radicalmente abiertas a la energía, la materia, el agua, los alimentos, las migraciones, la información, el capital, la economía, el clima, los conflictos, los intercambios culturales y los procesos ecológicos; en términos termodinámicos, operan lejos del equilibrio y sostienen su orden mediante flujo continuo (Prigogine y Stengers, 1984).
Lo que se encuentra clausurado no es el límite de la ciudad, sino la continuidad recursiva de su organización: su capacidad de regenerar las relaciones que hacen posible la vida urbana mientras sus componentes continúan cambiando.
La clausura es heterogénea porque la vida urbana no puede reducirse a una única sustancia o lenguaje. Un humedal no es un dato. Un ritual público no es una infraestructura. Una norma jurídica no es un algoritmo. Un ritmo peatonal no es una lectura de sensores. La memoria de un barrio no es un indicador de movilidad. Sin embargo, todos ellos pueden acoplarse relacionalmente.
Una ciudad viable no elimina estas diferencias traduciendo todo a información. Crea condiciones en las que realidades heterogéneas puedan permanecer coordinadas sin ser anuladas.
Este desplazamiento modifica también la manera en que debe comprenderse la inteligencia urbana. En muchos modelos tecnológicos, la inteligencia se localiza en los sistemas que recopilan información sobre la ciudad: algoritmos, centros de control, motores predictivos, gemelos digitales o plataformas de inteligencia artificial.
URBION no rechaza estos instrumentos: los reubica. La inteligencia artificial no es la inteligencia de la ciudad; es un participante posible dentro de una inteligencia urbana mucho más amplia.
URBION introduce el concepto de Inteligencia Urbana Simbiótica (IUS) como una capacidad distribuida de percepción, interpretación, aprendizaje, evaluación y respuesta coordinada que emerge de las relaciones entre comunidades humanas, sistemas artificiales, instituciones, infraestructuras, configuraciones espaciales, agencias materiales, estructuras culturales y procesos ecológicos. La noción se apoya en la tradición enactiva, que entiende la cognición como actividad situada y corporizada antes que como representación interna del mundo (Varela, Thompson y Rosch, 1991; Thompson, 2007).
Esta inteligencia es simbiótica porque ningún dominio aislado puede monopolizar legítimamente la comprensión urbana. Los sistemas artificiales pueden identificar patrones que las instituciones humanas no perciben con facilidad. Las comunidades pueden interpretar significados y consecuencias que ningún sistema computacional puede inferir únicamente a partir de datos. Los sistemas ecológicos imponen umbrales que ni los mercados ni los algoritmos pueden negociar o suprimir. Las instituciones aportan legitimidad, derechos, responsabilidad y continuidad. El espacio público hace posibles el encuentro, el conflicto, la negociación y el reconocimiento colectivo (Jacobs, 1961; Sennett, 2018).
La inteligencia urbana emerge de su interacción.
Esta perspectiva distribuida también modifica el objetivo de los sistemas inteligentes. La meta deja de ser la predicción exhaustiva o el control total. Una ciudad compleja nunca puede volverse completamente transparente sin sacrificar incertidumbre, pluralidad, privacidad o libertad política (Batty, 2013).
La tarea consiste, en cambio, en organizar una inteligencia suficiente y situada que permita actuar de manera viable, preservando al mismo tiempo la apertura de las posibilidades futuras.
Una ciudad consciente, en este sentido, no es una ciudad que lo sabe todo sobre sus habitantes. Es una ciudad capaz de reconocer cambios relevantes, aprender de sus consecuencias, incorporar múltiples formas de conocimiento y corregir su trayectoria sin reducir a sus habitantes a datos conductuales.
Uno de los argumentos centrales de URBION es que la ética debe ser constitutiva de la inteligencia urbana, y no una capa correctiva incorporada después de que los sistemas ya han sido diseñados.
En el desarrollo tecnológico convencional, los sistemas suelen optimizarse primero y evaluarse éticamente después. La privacidad, la inclusión, la transparencia, la supervisión humana o la responsabilidad se incorporan posteriormente como salvaguardas alrededor de una arquitectura ya establecida (Pasquale, 2015).
URBION invierte esta secuencia.
Un sistema basado en vigilancia individualizante, decisiones automatizadas irreversibles, manipulación conductual opaca, captura política o sobreconsumo ecológico no puede considerarse una versión defectuosa de la Inteligencia Urbana Simbiótica: se encuentra fuera del paradigma. La admisibilidad ética define el dominio dentro del cual la inteligencia urbana puede operar legítimamente.
Esto incluye condiciones como:
- supervisión humana e institucional significativa;
- protección frente a la vigilancia individualizante (Nissenbaum, 2010);
- transparencia y auditabilidad;
- reversibilidad tecnológica e institucional;
- posibilidad de impugnación democrática;
- protección frente a la captura corporativa o autoritaria;
- viabilidad ecológica y energética;
- preservación de la pluralidad política;
- distribución equitativa de las capacidades urbanas.
Estos principios no implican rechazar la tecnología. Determinan las condiciones bajo las cuales esta puede participar legítimamente en el devenir urbano, en línea con los marcos internacionales emergentes sobre ética de la inteligencia artificial (UNESCO, 2021).
Una ciudad eficiente no es necesariamente una ciudad consciente. Una ciudad que mejora su desempeño debilitando la dignidad, la autonomía, la continuidad ecológica o la agencia democrática puede ser técnicamente exitosa y, al mismo tiempo, volverse organizacional y éticamente inviable.
Desde esta perspectiva, el Diseño Consciente no puede limitarse a la creación de objetos, edificios, interiores o espacios públicos más saludables, aunque cada uno de ellos siga siendo fundamental.
También debe comprometerse con las relaciones mediante las cuales los entornos influyen en la percepción, el comportamiento, la memoria, la interacción, la identidad, el intercambio ecológico y la vida institucional.
La pregunta del diseño cambia. En lugar de preguntar únicamente «¿cómo debería verse este lugar?» o «¿con qué eficiencia debería operar este sistema?», debemos preguntarnos también:
- ¿Qué tipos de relaciones hará posible esta intervención?
- ¿Qué comportamientos, encuentros, exclusiones o dependencias podría reforzar?
- ¿Qué formas de inteligencia incorporará y cuáles ignorará?
- ¿Puede la intervención aprender de sus consecuencias?
- ¿Pueden las comunidades afectadas cuestionarla o modificarla?
- ¿Puede revertirse si produce daño?
- ¿Preserva la capacidad del entorno urbano para evolucionar?
- ¿Contribuye a la coherencia de la ciudad en su conjunto o solamente optimiza un sector aislado?
- ¿Puede el diseño adaptarse a los cambios continuos del entorno, sus relaciones y usos?
Estas preguntas desplazan el diseño desde la producción de objetos terminados hacia el cuidado y la conducción responsable de condiciones evolutivas.
El arquitecto, el planificador, el responsable de políticas públicas, el tecnólogo o la organización comunitaria no controlan la trayectoria final de la ciudad. Cada uno interviene dentro de un campo vivo de relaciones cuyo futuro no puede predecirse por completo.
El diseño se convierte, por tanto, en la configuración responsable de condiciones para un devenir viable.
Desde URBION, esta posición proyectual se expresa en la figura del Arquitecto de Condiciones de Posibilidad. Su tarea no consiste en imponer una forma final ni en predeterminar todos los resultados de una intervención, sino en configurar condiciones espaciales, materiales, tecnológicas, sociales e institucionales dentro de las cuales los proyectos y las ciudades puedan aprender, reorganizarse y transformarse sin perder coherencia, pluralidad ni viabilidad.
Esta concepción desplaza la arquitectura desde la producción de objetos estáticos hacia la conducción responsable de procesos evolutivos. A la vez, trasciende la arquitectura física y se extiende a la planificación, la gobernanza, la economía, el comercio y la toma de decisiones, proponiendo relaciones más distribuidas, informadas por conocimiento experto, democráticamente fiscalizables y ecológicamente viables. Su capacidad transformadora se origina en intervenciones situadas y puede desplegarse multiescalarmente, desde lo particular y lo local hacia sistemas urbanos, territoriales y globales.
El diseño y la planificación se configuran así como procesos abiertos, flexibles y evolutivos: aunque la obra adopte un estado inicial representado en planos, su concepción incorpora desde el origen la posibilidad de reorganizarse, adaptarse y transformarse mediante su interacción continua con el entorno.
El mismo principio se aplica a la resiliencia. En su formulación clásica, la resiliencia designa la capacidad de un sistema de absorber una perturbación y retornar a un estado anterior (Holling, 1973). Sin embargo, muchas crisis urbanas revelan que ese estado anterior ya era insostenible, desigual, frágil o ecológicamente dañino.
Regresar a la normalidad puede significar reproducir las condiciones que originaron la crisis.
URBION entiende la resiliencia no simplemente como recuperación, sino como transformación coherente bajo restricciones. Una ciudad resiliente debe ser capaz de modificar sus instituciones, infraestructuras, prácticas, configuraciones materiales y tecnologías mientras preserva la dignidad, la pluralidad, la responsabilidad ecológica y la continuidad organizacional.
Debe poder aprender sin volverse autoritaria, adaptarse sin borrar la memoria e innovar sin convertir cada interacción humana en una fuente de datos extraíbles. La gobernanza policéntrica descrita por Ostrom (1990) ofrece un antecedente institucional relevante: la viabilidad de un sistema compartido no depende de un centro único de control, sino de reglas verificables, revisables y distribuidas.
La resiliencia no consiste, por tanto, en eliminar la incertidumbre. Consiste en mantener la viabilidad dentro de ella.
Desde URBION, una ciudad consciente no es una entidad dotada de conciencia psicológica, subjetividad o una mente unificada. La expresión designa una capacidad organizacional y normativa emergente: la aptitud de una formación urbana heterogénea para percibir cambios relevantes, aprender de sus consecuencias, coordinar formas diversas de inteligencia y orientar su transformación dentro de límites éticos y ecológicos.
Su condición puede evaluarse cualitativamente mediante cinco criterios articulados:
- coherencia organizacional bajo transformación: capacidad de preservar identidad y continuidad sin inmovilizar sus componentes;
- aprendizaje distribuido: incorporación de conocimientos humanos, institucionales, técnicos, materiales y ecológicos sin reducirlos a una única lógica;
- admisibilidad ética y reversibilidad: transparencia, auditabilidad, supervisión significativa y posibilidad efectiva de corregir o retirar sistemas que produzcan daño;
- contestabilidad y fiscalización democrática: posibilidad de impugnar decisiones, distribuir responsabilidades y prevenir capturas corporativas, tecnocráticas o autoritarias;
- viabilidad ecológica y justicia urbana: compatibilidad con límites energéticos y metabólicos, junto con una distribución equitativa de capacidades, beneficios y riesgos.
Ningún criterio aislado resulta suficiente. Una ciudad no puede considerarse consciente por poseer más datos, automatización o capacidad predictiva, sino por la articulación sostenida de estas condiciones en su devenir.
URBION no se presenta como una metáfora totalizante ni como un modelo tecnológico predeterminado. Se formula como un programa abierto de investigación cuyos conceptos deben ser operacionalizados, contrastados y revisados mediante estudios urbanos, análisis comparativos e intervenciones situadas. Su valor teórico dependerá de su capacidad para distinguir entre transformaciones que fortalecen la coherencia, la legitimidad y la viabilidad de una ciudad y aquellas que, pese a mejorar indicadores parciales, profundizan su fragmentación.
En este sentido, sus proposiciones son deliberadamente falsables: deben permitir identificar las condiciones bajo las cuales la Clausura Organizacional Heterogénea se debilita, la Inteligencia Urbana Simbiótica se concentra o se vuelve éticamente inadmisible, y una transformación deja de ser ontogenéticamente viable.
La transición más allá de la Smart City no exige abandonar los datos, la inteligencia artificial, la sensorización, los gemelos digitales ni la tecnología urbana. Exige situarlos dentro de una comprensión más amplia de lo que es una ciudad.
La ciudad no es un contenedor neutral dentro del cual se instala inteligencia. Tampoco es una máquina a la espera de una mejor optimización. Es una formación relacional evolutiva cuya identidad se produce continuamente a través de las interacciones entre vida humana, ecología, materialidad, infraestructura, instituciones, cultura y tecnología.
URBION propone que el futuro de las ciudades conscientes depende de reconocer y gobernar este proceso de devenir.
A la luz de estos criterios, una ciudad consciente no debería definirse por cuánto sabe, cuán rápido responde o cuán completamente puede predecir a sus habitantes. Debería evaluarse por su capacidad de sostener relaciones significativas, incorporar diferentes formas de conocimiento, preservar derechos y pluralidad, mantenerse ecológicamente viable, aprender de las perturbaciones y transformarse sin perder coherencia organizacional.
La transición decisiva es, por tanto:
- de la optimización a la viabilidad;
- de la inteligencia centralizada a la simbiosis distribuida;
- de la respuesta tecnológica a la admisibilidad ética;
- de la forma terminada al devenir continuo;
- y de la ciudad como objeto gestionado a la ciudad como organismo urbano heterogéneo.
La ciudad comienza donde termina la fragmentación.
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Wohllk, R. (2026a). URBION: Ontogénesis Urbana — Edición Fundacional v1.0. Inscripción DDI/CRIN N.º 2026-A-6117. Santiago de Chile.
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Wohllk, R. (2026). URBION — Ontogénesis Urbana para ciudades conscientes. Más allá del paradigma de la Smart City: hacia la ciudad como organismo urbano en devenir. The Centre for Conscious Design.
Roger Wohllk es arquitecto y urbanista formado en la Universidad de Chile, Magíster en Inteligencia Artificial (c) por la Universidad Adolfo Ibáñez. Cuenta con más de veinticinco años de experiencia profesional en arquitectura, diseño urbano, planificación y desarrollo de proyectos. Es fundador de Studio A Otra Escala y CEO de Consultora Australis Innovación.
Su trabajo se sitúa en la intersección entre teoría urbana, inteligencia artificial, sistemas complejos, tecnología y ética. En 2026 formuló URBION: Ontogénesis Urbana, un nuevo paradigma urbano y programa abierto de investigación que propone avanzar más allá de los modelos de la Smart City, la Cognitive City y la Responsive City. URBION comprende la ciudad como un organismo urbano en devenir, caracterizado por una Clausura Organizacional Heterogénea, e introduce la Inteligencia Urbana Simbiótica como capacidad distribuida de percepción, interpretación, aprendizaje, evaluación y coordinación.
A lo largo de su trayectoria, ha impartido numerosas conferencias y participado en charlas y ponencias en Chile y en el extranjero sobre arquitectura, urbanismo, inteligencia artificial, innovación, tecnología y transformación urbana. Entre ellas, destaca su participación como ponente en el Conscious Cities Festival 2025, realizado en Lima, donde presentó «De la Smart City a la Cognitive City». Su práctica y su investigación se articulan mediante la figura del Arquitecto de Condiciones de Posibilidad, orientada a reconfigurar el diseño y las condiciones dentro de las cuales los proyectos y las ciudades puedan aprender, reorganizarse y transformarse sin perder coherencia, pluralidad ni viabilidad.